Este domingo Antoine Griezmann disputará su último partido ante la afición del Atlético de Madrid.
Un Antoine Griezmann que, pese a lo que se podía presagiar por su lamentable segunda vuelta de la temporada pasada, en la que sus números fueron paupérrimos y su presencia en el campo, indolente y anodina, ha demostrado en éste, su último curso de rojiblanco, que la magia en sus botas aún podía aportar muchas cosas al equipo.
Un rendimiento que, pese a acompañarse de jugadores como Julián, Baena o Lookman, solo ha servido para intentar pelear a final de temporada por la tercera plaza, aún en manos del Villarreal, a unos 30 puntos del liderato, y sin oler metal en ninguna de las otras tres competiciones disputadas.
No son pocos los que aún pedían una continuidad del jugador un año más. De hecho, es una opinión bastante extendida en algunos ámbitos. Opinión que, personalmente, no comparto.
Porque este Griezmann que, evidentemente sigue teniendo calidad, no es un jugador ya válido para un proyecto que permita alcanzar cotas más altas. Posiblemente podría estar un par de años más en un equipo en el que no se ganasen títulos, no importase la distancia con el campeón y valiese con ser cuarto. Sí, se que he definido al Atleti de las últimas 5 temporadas. Pero permitanme que, en una liga en la que para ser cuarto el Atleti no necesita ni meter tercera, yo crea que se puede hacer un proyecto para aspirar a más. Para volver a la senda de los títulos y, sobre todo, para no dimitir de la Liga antes casi de que empiece el curso escolar, y acabar viendo al líder más lejos que la cima del Everest.
Y, ojo, eso no quita que tengo muy claro que Antoine Griezmann es el mejor futbolista que yo he visto con la camiseta del Atlético de Madrid. Hasta me atrevería a decir que con cierta diferencia. Un campeón del mundo, siendo líder de su selección, y un Balón de Oro en toda regla, pese a que el marketing madridista se lo diese a Modric.
Griezmann ha sido un jugador total, extremo habilidoso e incisivo en sus inicios, un segundo punta de primer nivel, incluso un delantero centro cuando se le ha requerido, capaz de crear el juego, de darle sentido, y de llevarlo a la red rival. Un líder en campo y vestuario y, ahí es nada, el máximo goleador de nuestra historia.
Pero una cosa es ser el mejor, y otra cosa es ser leyenda. Ni mucho menos, la mayor leyenda.
Porque, aunque es cierto que los aficionados del Atleti no medimos el valor del club por los títulos, no es menos verdad que Griezmann tampoco ha alcanzado un gran bagaje con la rojiblanca. Apenas una Europa League, una Supercopa de España y una de Europa es lo que ha logrado colocar en nuestras vitrinas.
Pese a todo, y con el mismo palmarés, podría haber sido leyenda indiscutible para todos y cada uno de los que amamos al Atleti. Pero se equivocó. Y aunque todos nos equivocamos, y el Atleti es un club y tiene una afición que normalmente lo perdona todo (no hay más que ver cómo acabó recuperando el afecto de la grada) hay errores, y errores.
Y Antoine se vio a sí mismo comiendo en la mesa de Messi y de Cristiano y se olvidó de quién y cómo le habían llevado a pensar en acceder ahí.
Decidió marcharse, y no como antaño lo hicieron otros, que se fueron de un club en quiebra y deportivamente calamitoso, sino de un club que le había permitido erigirse en figura mundial, con el que en cuatro temporadas había ganado tres títulos y disputado una final de Champions, y que presentaba un proyecto que, a la postre, fue campeón de Liga sin él.
Porque se fue, primero mercadeando con los sentimientos de una afición que le idolatraba, con aquel famoso documental, tras el que permaneció una temporada más, y se marchó a la siguiente, negociando con el FC Barcelona mientras el Atleti se jugaba una eliminatoria de Champions League y con un mensaje frío en redes pocos días antes de besar el escudo de su nuevo club.
Todo mal, todo egoísta, todo desconsiderado y, si me permiten, un poco sucio.
Incluso, esta misma temporada, mientras el equipo se jugaba poder ganar la Copa y alcanzar otra final de Champions, viajó para cerrar el acuerdo y posar con camiseta del que será su club la próxima temporada. Con la sospecha de que, si el Atleti caía en semis de Copa, se marcharía de inmediato.
Por eso, en mi opinión, jamás podrá ser una leyenda de un club que, por encima de los números, los títulos y los balones de oro, siempre se ha distinguido por una serie de valores que él pisoteó totalmente.
Nunca llegará a ser leyenda como Luis Aragonés, su predecesor como máximo goleador histórico, con muchos más títulos en su haber y que, en su etapa de entrenador, renunció a jugar Champions con un Mallorca al que había clasificado tercero en la Liga, renunció a ofertas de clubes más importantes y con grandes aspiraciones, renunció a grandes sueldos, y lo dejó todo por sacar a su Atleti del infierno de segunda división sin cobrar un euro esa temporada.
E incluso un Fernando Torres que, en el peor momento de la historia del club y, con solo 17 años, se echó el peso del escudo a las espaldas y lo aguantó durante años sacrificando su carrera personal hasta que incluso el propio club le pidió salir para lograr una inyección económica que lo salvase.
Dos ejemplos de este siglo. Dos personas que han salvado al Atleti en los peores momentos. Eso sí son leyendas.
Por supuesto, le deseo lo mejor al francés en su futuro personal y profesional. Me parece un buen tipo y no dudo de que, siempre que ha vestido nuestra camiseta, ha dado lo que tenía en ese momento. Nos ha hecho disfrutar de su fútbol y vivir tardes maravillosas.
Gran profesional. Gran persona. Gran jugador. El mejor, sí. Pero leyenda es otra cosa.
Kosecki Navarro.
