Hay victorias que se firman con la frente alta y otras que se firman con la mano temblorosa, mirando de reojo si alguien protesta. La de anoche en Pamplona perteneció, sin asomo de duda, al segundo grupo: de esas que uno se guarda rápido en el bolsillo antes de que llegue el revisor a pedir explicaciones. El Atlético se llevó tres puntos de El Sadar (1-2) que pesan en la clasificación tanto como avergonzarían en el videoanálisis del martes.
Cinco tiros. Cinco. Esa es la cifra. Cinco disparos totales firmó el Atlético en noventa minutos de fútbol contra los diecinueve de un Osasuna que dominó el balón (59% de posesión), peinó las bandas, gozó de ocho córners y se marchó del campo preguntándose en qué momento se rompió el cosmos. La eficacia colchonera rozó lo insultante: cuatro disparos entre los tres palos, dos goles. Si la vida fuera tan rentable, todos viviríamos en Mónaco.
El guion: madrugar y aguantar como gato panza arriba
El Atleti hizo lo que mejor sabe hacer Simeone desde tiempos inmemoriales: madrugar al rival. Minuto 15, gol visitante, y el plan trazado. A partir de ahí, atrincherarse, sufrir, encomendarse a Musso —que firmó tres paradas de las que se cuentan a los nietos— y esperar a que algún rojillo errase el remate definitivo. Lo cual, dicho sea de paso, ocurrió con sospechosa frecuencia: nueve disparos fuera, cinco bloqueados por la muralla rojiblanca y cinco más detenidos por el meta argentino. Osasuna podría haber metido tres y nadie se habría escandalizado.
El segundo, en el 71, fue de esos que rematan moralmente al rival que mejor lo está haciendo. Y el 1-2 del minuto 90 de Budimir, ya en tiempo de descuento moral, sirvió únicamente para que los aficionados navarros se fueran a casa con la sensación —legítima, justa, casi notarial— de que les habían robado la cartera con una sonrisa.
Seis amarillas en Osasuna, cuatro en el Atleti: el partido también se ganó con oficio
La pizarra de tarjetas (seis amarillas locales por cuatro visitantes) explica bastante. El Atleti, sin balón, tiró del manual: faltas tácticas, cortar circuitos, romper el ritmo, ralentizar saques, gestionar cada metro como si fuera el último. Una obra maestra del cinismo competitivo, ese arte en el que el Cholo lleva graduado cum laude desde hace ya catorce años y medio.
La temporada, en perspectiva: cuarto y gracias
Y aquí, permítannos un párrafo de espíritu crítico que el aficionado merece. Con esta victoria, el Atlético llega a 66 puntos, en cuarto lugar, a veinticinco del Barcelona y a once del Madrid. Un Villarreal con 69 puntos respira en la nuca y podría arrebatar la tercera plaza el fin de semana. Eliminado de Europa, sin Copa, sin Liga desde Pascua de hace dos años, el balance que se entregará en junio cabe en un post-it: clasificación para la próxima Champions y poco más.
Diez derrotas en Liga. Diez. La misma cifra que el Getafe, dicho sea con cariño. Caídas dolorosas en el Bernabéu, en casa con el Barça, en Sevilla, en Elche —¡en Elche!— y la semana pasada ante el Celta en el Metropolitano. El Atlético de Simeone lleva meses jugando a no perder y, paradójicamente, perdiendo más de lo permitido para un proyecto de esta inversión y este nombre. La pregunta del millón —¿hasta cuándo el Cholismo como respuesta?— vuelve a flotar en el ambiente, aunque ayer se silenciara durante noventa minutos al ritmo del gol de Lookman.
Y ahora, Girona
El domingo, en el Metropolitano, llega un Girona en zona de descenso pero peleón. Si el Atleti repite el guion de El Sadar —cinco tiros y un milagro—, los nervios estarán servidos. Ojo, que el cuarto puesto no está tan firme como Simeone quiere hacernos creer, y Villarreal acecha. Toca jugar mejor. Mucho mejor. O al menos rematar más de cinco veces a portería, que ya empieza a ser una petición razonable.
Por lo pronto, tres puntos en el bolsillo. Con olor a milagro, sí. Pero suman igual. Que en mayo, y con el tercer puesto en juego, que es lo mínimo exigible. Aupa Atleti.