10.9.26

Otra noche para disfrutar del conocimiento futbolístico de Diego Pablo Simeone.
El Atlético salió bien.

Durante los primeros veinte minutos fue un equipo intenso, atrevido, con personalidad y capaz de discutirle el partido al Liverpool.
¿El mérito? Ya lo saben.

No vamos a ser ventajistas y atribuirle solamente lo malo. Si durante veinte minutos el Atlético juega bien, es porque el entrenador ha preparado bien el partido.
Y llegó el 0-1 de Llorente.

Entonces apareció el verdadero maestro.

El Atlético había comprobado que podía hacer daño al Liverpool, que podía jugar en su campo, que podía tener el balón y que podía mirar al rival a los ojos.

Así que Simeone tomó la decisión lógica: DEJAR DE HACERLO

El equipo se echó atrás.

Muchos entrenadores vulgares habrían pensado que, si algo está funcionando, quizá conviene mantenerlo. Ni hablar, eso sería demasiado sencillo.

El Cholo vio que el Liverpool estaba incómodo y decidió solucionarles el problema.

Bloque atrás, pérdida de metros, renuncia al balón y mensaje inequívoco al rival: vengan ustedes, que nosotros esperamos.
Otro acierto del pastor.

Y llegó el empate. 1-1.
Todo controlado.

Además, el once inicial nos dejó otra genialidad: Giuliano Simeone titular.
Si, su hijo.

Probablemente el futbolista técnicamente más limitado de toda la plantilla del Atlético de Madrid, pero poseedor de dos virtudes que ningún fichaje multimillonario puede garantizar: corre mucho y es hijo del entrenador.
Otro acierto.

Porque cualquiera podría caer en la tentación de alinear a los mejores futbolistas disponibles. Eso lo hace cualquiera.

La verdadera dificultad está en conseguir que Giuliano sea titular prácticamente por decreto y que además una parte de la afición lo considere imprescindible porque siente los colores y se esfuerza.
Eso tiene mucho más mérito.

Llegamos al descanso 1-1.
Y entonces llegó uno de los grandes clásicos de La Iglesia de Simeone.
El Atlético salió acojonado en la segunda parte.
Otra vez.
Exactamente igual que unos días antes frente al Athletic de Bilbao.

Podría parecer preocupante que un equipo salga repetidamente del vestuario peor de lo que entró.

Podría incluso algún malpensado preguntarse qué instrucciones recibe durante esos quince minutos.

Pero aquí tenemos fe.
Y la fe consiste precisamente en creer aunque las evidencias intenten confundirte.
Minuto 49.
Liverpool 2-1 Atlético.

Otro aciertazo del de negro.
Quedaban más de cuarenta minutos.
Tiempo de sobra para buscar el empate.
Y nuestro pastor movió el banquillo.
Llegaron los cambios.

¿Mejoró el equipo?
Naturalmente que no.
Todos los cambios empeoraron al Atlético.

Pero sería tremendamente injusto responsabilizar al entrenador de algo tan insignificante como elegir quién entra, quién sale, dónde juega cada uno y qué pretende hacer el equipo después de las sustituciones.

Quedaban cuarenta minutos para empatar.
Cuarenta.

¿Y cuántas ocasiones claras generó el Atlético para conseguirlo?
Ninguna.
CERO.

Otro aciertazo.

Porque lanzarse a por el empate habría supuesto correr riesgos y todos sabemos que el objetivo fundamental cuando pierdes 2-1 no es empatar.
Es evitar el 3-1.

El fútbol, por mucho que algunos pretendan convertirlo en física cuántica, tiene unos cuantos registros bastante básicos.

Intensidad.
Los rivales suelen tener más.

Salida de balón.
El Atlético la ejecuta fatal.

Presión.
Desordenada y estéril.

Defensa en bloque bajo.
Un manojo de nervios.

Ataque contra defensa estática.
Sin ideas.

Así que la pregunta es bastante sencilla:

¿QUÉ REGISTRO DOMINA ESTE EQUIPO?
Ninguno.

No hay una sola faceta del juego en la que uno pueda decir: aquí el Atlético es realmente bueno, aquí reconoce uno un trabajo colectivo superior al de sus rivales.

Pero, por supuesto, no es culpa del Cholo. Nunca.

Si el Atlético juega bien los primeros veinte minutos, es gracias al Cholo.

Si después se mete atrás y palma, también.

No intenten comprender lo que pasa.
CRÉANLE

Palabra del Cholo.

Te alabamos, Señor.